Juan Carlos Izpisua, el modelo americano

De orígenes muy humildes, este científico nacido en Hellín y con lazos en la Región de Murcia, es un modelo de superación personal y ha logrado llegar muy alto en la investigación genética y en la regeneración de los tejidos.

Es lo último que se ha conocido de este investigador nacido en Hellín hace 56 años: Revertir los signos del envejecimiento en ratones.Un logro de consecuencias imaginables, que a buen seguro tiene ya a más de una compañía farmacéutica esperando el siguiente paso, que se pueda hacer en humanos. Pero antes de este último hallazgo, Juan Carlos Izpisua y su grupo de científicos han aportado a la sociedad otras ´perlas´, como generar tejidos y órganos en animales a partir de células pluripotentes o abrir la puerta a la cura de la retinosis pigmentaria y la ceguera que provoca.

 

Juan Carlos Ispizua en la UCAM esta semana
Juan Carlos Ispizua en la UCAM esta semana

Izpisua no es un científico al uso si tenemos en cuenta sus orígenes. Es un hombre hecho a sí mismo en el más amplio sentido de la expresión y que supone el típico modelo norteamericano que en aquella sociedad tanto valoran y animan a seguir. Tal y como nos ha relatado Amalia López en las páginas de este diario, cuando el científico tenía tres años su padre se marchó de casa, dejando solos a su madre, a él y a sus dos hermanos pequeños.

Pasó unos años, hasta que tuvo cinco o seis, en un colegio en Hellín, pero para su madre era tan complicado cuidarlos y trabajar que tuvo que internarlos a los tres en el Hogar Castillo de Olite, el orfanato de La Alberca, en Murcia, ya desaparecido.

Allí pasó unos cuatro años. En cada periodo de vacaciones escolares su madre los recogía y los llevaba con ella a la campaña de la recogida de almendras y a vender por las ferias de los pueblos el turrón que fabricaban con ellas. Pero también tuvo tiempo para echar horas como pastor de ovejas o vender globos.

A los diez años su madre lo sacó del colegio y se lo llevó con ella a Benidorm a trabajar. Solía hacerlo en los bares de la ciudad e incluso llegó a tocar la guitarra para los turistas alemanes. Y claro, aprendió a hacer sangrías, de las que suele presumir a menudo entre amigos y familiares.

Tenía 14 años cuando comenzó a trabajar como botones en un hotel de esa ciudad alicantina. El destino quiso que se cruzara en su camino el director del establecimiento, que viéndole imbuido en un libro siempre que tenía tiempo libre, le animó a examinarse para obtener el Graduado Escolar. Aprobó y pudo matricularse en Bachiller en el turno de noche mientras seguía trabajando por el día en el hotel. La pasión por aprender ya le había atrapado y a partir de ese momento su único empeño fue conseguir cuantas más becas mejor para poder seguir estudiando.

Eligió Farmacia y se matriculó en la Universidad de Valencia, y una vez licenciado cursó el doctorado y estancias posdoctorales en centros de investigación de Europa y Estados Unidos. Sus logros le abrieron las puertas del Salk Institute for Biological Estudies de La Jolla (San Diego, California) en 1993 –fue jefe de Investigación de la Rama Celular y Genética–, centro al que sigue ligado.

Conocido por su austeridad y su amor por lo que hace –que no pocas veces le ha llevado a quedarse sin comer– reconoce que desde que se centró en la investigación hace 30 años este es su único mundo. Atrás quedó su afición por jugar al fútbol, que le llevó siendo joven a formar parte del equipo de Benidorm e incluso del Hércules de Alicante. Ahora, el poco tiempo libre que le deja su laboratorio lo dedica a estar con su mujer y sus dos hijos, una chica de 23 años y un chico de 26.

Quienes lo han tratado el tiempo suficiente lo describen como una muy buena persona y muy humilde; detallista al cien por cien en su trabajo, tanto que puede llegar a rayar en la obsesión; y alguien que está muy pendiente del bienestar de sus investigadores. «En la investigación hace falta mucha pasión, mucha constancia y mucho trabajo y a veces, con todo eso, no se consiguen resultados», comenta.

La honestidad es el rasgo que más valora en una persona, indica el científico, quien se pirra por un buen arroz con conejo y caracoles y que necesitaría que el día tuviera otras 24 horas para hacer todo lo que quiere.

Otra de sus facetas emergentes es conseguir fondos con los que poder financiar las investigaciones, una tarea que le lleva a prodigarse en actos públicos y benéficos, poco acordes con su personalidad. Todo es poco, reconoce, así como que en nuestro país y en nuestra región la cultura de donar dinero para estos fines está aún por desarrollar.
Tenemos que seguir atentos a este insigne científico, porque a no mucho tardar nos dará a conocer los resultados de otra de las investigaciones que tiene entre manos: Comprobar que las células madre inyectadas a los embriones de cien cerdas de una granja de Murcia son capaces de crear animales con tejido y órganos compatibles con los humanos. ¿Camino del Premio Nobel?

 



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